Althea se ruborizó. Daven nunca parecía avergonzarse de comportarse así frente a sus hijos, otra cosa a la que ella nunca terminó de acostumbrarse.
—Eh… ¿pollo rostizado?
—Suena delicioso. —Daven se aflojó la corbata y se quitó el saco—. Déjame guardar mis cosas primero.
Antes de que pudiera dar un paso, sonó el timbre. Lydia se puso de pie.
—Seguro es Cale.
Y tenía razón. Cale estaba en la puerta con un abrigo largo, la expresión tensa y alerta, como si tuviera la cabeza en otra parte. Pero en