Al otro lado de la ciudad, la mañana en Solaviz comenzó bajo un cielo cálido y despejado.
—¡Mamá, Grace todavía no se pone los zapatos! —La voz de Josh resonó desde la sala.
Althea salió de la cocina con dos loncheras en las manos. Llevaba el cabello recogido con pulcritud, el gesto ocupado pero sereno, como cada mañana.
—Grace, mi vida, ven aquí. Mami te ayuda. —Se agachó y tomó los piecitos de su hija.
Grace se rio.
—¡Yo puedo sola, mami!
—Puedes —intervino Josh con una sonrisa presumida—, per