—Soy una persona horrible —susurró Althea. Su voz era tan baja que casi se perdía.
Ni siquiera se atrevía a levantar la mirada para ver a Lydia.
Lydia le puso la mano en el hombro con suavidad. Ambas estaban sentadas en un rincón tranquilo de un café en el centro. Normalmente, Althea nunca llamaría a Lydia de la nada; siempre planeaba las cosas y le avisaba con tiempo. Pero ese mismo día, cuando Lydia contestó el celular, solo escuchó a Althea llorar y se asustó.
Desde que se vieron, ella no ha