—Soy una persona horrible —susurró Althea. Su voz era tan baja que casi se perdía.
Ni siquiera se atrevía a levantar la mirada para ver a Lydia.
Lydia le puso la mano en el hombro con suavidad. Ambas estaban sentadas en un rincón tranquilo de un café en el centro. Normalmente, Althea nunca llamaría a Lydia de la nada; siempre planeaba las cosas y le avisaba con tiempo. Pero ese mismo día, cuando Lydia contestó el celular, solo escuchó a Althea llorar y se asustó.
Desde que se vieron, ella no había dicho ni una palabra. Su cara estaba pálida, tenía las mejillas coloradas y sus ojos hinchados eran prueba suficiente de las horas que debió pasar llorando.
—¿Qué pasó? —preguntó Lydia, cuidando que su tono fuera amable.
No quería presionarla, pero era obvio que algo estaba mal. Algo grave. En el fondo, a Lydia siempre le había dado mala espina que Althea se involucrara con esa familia. No sabía cómo explicarlo, era solo un instinto. Y ahora, al ver a su amiga así, temía que no se hubiera e