—Señor, aquí tiene su café.
La mesera del café colocó la taza con cuidado sobre la mesa, procurando no derramar nada sobre los documentos dispersos frente a Daven. Pero más que el desorden, era la expresión sombría del hombre lo que la tenía andando con pies de plomo. Daven lucía intimidante esa noche.
Daven no le prestó atención; apenas miró la taza. El agradecimiento vino del hombre sentado frente a él: Arven.
Cuando la mesera se retiró, Arven exhaló despacio. Sabía exactamente por qué Daven t