Anastasia
Terminé de arreglar lo poco que tenía y era prestado de mi hermana Khloe. Yo no había podido salir de estas tierras a comprar ropa. Pero sí lo haré apenas llegue a San Antonio. Toqué la puerta del Demonio rubio. No abrió. —Debía salir temprano.
Ingresé; parece estar en el baño. Sonreí de imaginármelo desnudo de nuevo. Aquella noche estaba tomada, pero sí recuerdo lo bueno que fue en la cama, era insaciable o tal vez fue la droga, pero esas cuatro faenas fueron inmemorables… Vamos a ponerlo mal. Abrí la puerta de su baño y… ¡Oh, sorpresa! Por un segundo nos miramos, su cuerpo trabajado por el gimnasio, sus marcados cuadros en el abdomen, era perfecto, y el muy cínico siguió masturbándose. Vi ese brillo en su mirada de sobradez, pero ahora no era la tonta de hace dos años.
—¿Te gusta lo que ves? —Me reí.
—Ahora compruebo que fueron los tragos… Hasta ahora creí que lo tenías grande. —Dejó de masturbarse, iba a hablar—. Lamento haber destruido tu ego, pero debo irme ya. Dante me