Demetrio
Suspiré, no quería un regaño de papá. Cerré los ojos, puse las enormes bolsas de la ropa de la turca a un lado, me di la vuelta y los enfrenté.
—Lo siento, mamá, ¿satisfecho, viejo?
—¡Pero es que son dos gotas de agua! —exclamó.
—No me metas en ese pastel, yo ya soy un hombre decente. Un honorable padre de familia. —Ese par no tenía remedio mi madre se cruzó de brazos. Le señaló que se fuera.
—Tercer hijo, ve a mirar si la marrana puso.
—No, ellas ya están dormidas. —Nos echamos a reír