Demetrio
Tembló aún más. Le puse la mano en la pierna; sus lágrimas salieron de manera silenciosa. El hombre llegó al balcón y encendí la luz. En su mano tenía el cinturón. Maldito degenerado. Se sorprendió al verme. Cálmate, Demetrio, debes ser inteligente.
—Buenas noches, suegro. —Anastasia no lo miró.
—¿Suegro?
—Vámonos, preciosa. —Le di un pico, al alejarme indagué—. ¿Y esa correa? —volví a mirarlo con mucha rabia. El hombre, sin decir nada, se alejó. Ella seguía temblando—. ¿Desde cuándo?