El edificio estaba en silencio, pero el silencio no era calma.
Era esa clase de silencio caro que solo existe en penthouses con vidrio doble: no entra el tráfico, no entra la ciudad, no entra nada… salvo lo que uno trae por dentro.
Liam llevaba veinte minutos mirando el mismo punto del ventanal sin verlo.
El Hotel Miller quedaba en algún lugar del horizonte de Brickell, invisible desde ese ángulo, pero presente igual, como una espina que no se ve y aun así define cada movimiento. Abajo, Miami se