Margaret no subió.
Eso fue lo que volvió más peligroso el gesto.
Si hubiera entrado al hotel, Alice habría podido expulsarla con un protocolo y dos testigos. Si hubiera pedido verla, habría podido negarse con una respuesta formal y copia a Harrison. Pero Margaret permaneció dentro del coche negro estacionado frente al acceso lateral, invisible para los huéspedes y perfectamente visible para quienes sabían dónde mirar. Era la presión sin contacto. La amenaza que no deja evidencia porque nunca nec