Allí estaba Aitana, toda de negro, sosteniendo una copa de vino. Llevaba bastante tiempo observando.
Damián se acercó a su lado.
Aitana levantó ligeramente su copa y alzó el mentón:
— ¿Seguro que no hay problema? Me preocupa que hayas desatendido a la señorita Olmos.
Damián miraba fijamente a su esposa, sus ojos negros reflejaban toda la sensualidad de un hombre maduro.
Momentos después, le quitó la copa de la mano e inclinándose, depositó un beso en sus labios:
— Señora Balmaceda, ¿nos vamos ya