La salud de Álvaro empeoraba día a día.
No recibió quimioterapia. Todos los días por la tarde venía el médico a ponerle suero y analgésicos. Frente a los niños, seguía siendo refinado y educado. Cuando se sentía mejor, incluso les ayudaba con las tareas.
Al atardecer, en el pabellón de la villa, habían puesto una silla reclinable.
Rafaela había colocado especialmente cojines suaves para que Álvaro se recostara cómodamente. Bajo la sombra fresca de los árboles, Theo jugaba con sus hermanitas. La