Aitana fingió indiferencia:
—Cuando los niños sean más grandes.
Damián le acarició la mejilla, pero no la presionó, y bajó la cabeza para besar a Esperanza en sus brazos. La pequeñita estaba muy bien cuidada, su carita blanca y tierna, sus bracitos regordetes, al cargarla parecía un peluche.
En la profundidad de la noche, se apagaron las luces.
Aitana se acercó al hombre, medio recostada sobre su brazo murmuró:
—Damián, quiero regresar a cuidar a los niños. Ahora es el mejor momento, si te pido