Aitana cerró los ojos y soltó una risita baja:
—¿No recuerdas?
La mujer se dio vuelta y acarició suavemente los labios de Damián. Sus dedos blancos y delgados presionaron ligeramente los labios del hombre, acariciándolos muy lentamente, realmente muy despacio, mientras esos ojos como agua de otoño lo miraban fijamente.
La insinuación era bastante obvia.
Ningún hombre podía resistirlo, aunque Damián hubiera perdido la memoria, el instinto masculino no se había perdido.
De un movimiento le tomó la