Cuando Milena terminó de leer, ya tenía el rostro bañado en lágrimas.
Pero su tristeza no podía contagiar al hombre que había perdido la memoria.
Él no podía ver, no recordaba nada, vivía en su propio mundo, un mundo que ni siquiera tenía día y noche, solo un hombre llamado Manolo que lo acompañaba.
Por la noche, las mareas de Las Camelias rugían con fuerza, golpeando la orilla.
Damián, fuera de lo normal, no podía dormir.
Se levantó a tientas en la oscuridad y gritó:
—Manolo.
Manolo se incorpor