Al volver a ver a Aitana, Damián sintió como si hubiera pasado una eternidad.
Una inexplicable melancolía, una sensación de que todo era en vano, invadió su corazón.
Sin embargo, cuando la miraba, su rostro reflejaba ternura. Se acercó lentamente y, a un brazo de distancia, extendió la mano para tocar suavemente su vientre:
— ¿Se ha portado bien el bebé hoy?
Aitana no se apartó. Bajó la mirada hacia su mano y la sujetó con delicadeza:
— Ya te he dicho que el bebé aún es muy pequeño.
Los ojos neg