Aitana no sospechó nada. Tampoco corrigió el trato, simplemente asintió.
Las manos de Zarina temblaban cada vez más. Esta esposa del magnate de Puerto Real tocó con dedos temblorosos aquel pequeño lunar escarlata, con tanto cuidado como si estuviera tocando un tesoro invaluable.
¿Eres tú? ¿Eres mi preciosa hija perdida? Llena de esperanza pero temerosa de equivocarse, sus dedos rozaron la parte posterior de la cabeza de Aitana mientras murmuraba: —Señora Uribe, veo un cabello blanco en la parte