Dominic Blackwood
El llanto era algo que yo no conocía. Para un Blackwood, las lágrimas eran una debilidad biológica, un desperdicio de humedad que no servía para ganar guerras ni para cerrar tratos. Pero allí, en el salón de Spencer, frente a los ojos atónitos de mis hermanos y la mirada gélida de la mujer que amaba, sentí que mi armadura de piedra no solo se agrietaba, sino que se deshacía en arena.
Me cubrí el rostro, avergonzado de mi propia vulnerabilidad, pero incapaz de detener los espas