Hace años que no sabía lo que era salir a un restaurante a comer y ver mucha gente a mi alrededor.
Al ser la mujer de un narcotraficante en México las salidas eran casi nulas y mi vida se basaba en casa o lugares clandestinos llenos de hombres de la misma calaña que Antonio.
Alejandro era un mafioso, empresario que podía darse el lujo de pasearse por todos lados sin correr peligro o que la policía lo persiga a ser su identidad un completo misterio.
—¿En que tanto piensas? —La voz susurrante