Aquella mañana Roger le acompañó al edificio King. Cuando llegó a la empresa, su asistente, Gabriela, lo estaba esperando en el vestíbulo, con una carpeta en la mano y una expresión ansiosa.
—Señor Adán, buenos días —saludó ella, ofreciéndole una leve sonrisa, aunque su voz reflejaba cierta preocupación—. Recibió dos llamadas desde el extranjero, querían hablar con usted y se negaron a mencionar de que se trataba; Parecía urgente.
Alejandro, seguía caminando sin detenerse mientras ella lo se