—Esto va traerles consecuencias —amenazó al guardia—. Están encubriendo un delito. Ese maldito tiene retenida a mi esposa allí arriba.
—Que yo sepa, el señor Rusbel está solo en su propiedad y si tiene alguna queja, le aconsejo presentar el denuncio, señor. Lamento no poder ayudarle —contestó el hombre y cerró la reja en su cara.
Orestes al ver que no podría lograr nada se encaminó hacia su auto. No por miedo, no por rendirse, sino porque entendió que esa guerra la pelearía en otro terreno. Uno