Una sonrisa bailó en los labios de Khail y estaba segura de que no se esperaba esa respuesta.
—Tienes razón, mis disculpas.
—Aceptadas, señor Petrov.
—Solo dime Khail —pidió lentamente mientras levantaba una mano y hacía una seña a alguien que no podía ver.
No pasó mucho tiempo cuando unas chicas de algunos veintitantos años entraron al comedor con platos cubiertos hasta dejarlos sobre la mesa frente a nosotros tres.
Ellas llevaban vestidos negros acampanados con delantales blancos amarrados en