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Capítulo setenta y seis 

Me levanto como puedo y me pongo en posición de ataque, suelto un gruñido de advertencia y la chica a mi costado sonríe burlona —¿Por qué no dejas de gruñir y peleas, perra?

El sentimiento de ira pasa por mi columna y un inmenso calor se adueña de mi cuerpo.

¿Perra?

Ahora entiendo lo que se siente cuando te dicen que eres un pun

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