El regreso al ático después del alta médica se sintió diferente. Las paredes de cristal ya no solo parecían una prisión, sino un refugio del caos exterior que casi había colapsado el cuerpo de Emma. Siguiendo las órdenes del médico, se había instalado en el enorme sofá de la sala principal, envuelta en una manta de cachemira que olía sutilmente al perfume amaderado de Leonardo.
La señora Ortega se había retirado hacía una hora, dejando un termo con té de jengibre y manzanilla sobre la mesa de m