Mundo ficciónIniciar sesiónEl médico terminó la revisión en silencio, tomando notas en una tablilla mientras Davinna se acomodaba la ropa en el baño anexo. Las ecografías confirmaron lo esperado: tenía cinco semanas de gestación, signos vitales estables y un cuadro menor de deshidratación.
Matthias escuchó el diagnóstico de pie junto a la ventana. Una vez que el médico se retiró tras recibir un asentimiento severo, se giró hacia Davinna, que permanecía erguida al borde de la cama, defensiva y con los brazos apretados sobre el pecho. —Cumpliré lo que dije —comenzó él, ajustándose los gemelos de la camisa con una calma exasperante—. Tienes hasta la tarde para ir a tu apartamento y empacar lo necesario. Mis hombres irán por ti. Trae mi anillo. Davinna frunció el ceño, sintiendo un nudo de frustración en la garganta. Observó al mafioso y después a su consejero que recién había llegado. —¡Que no tengo ningún maldito anillo! —exclamó, elevando la voz mientras la rabia amenazaba con sobrepasarla—. ¿De qué m****a hablas? Estás completamente demente si crees que me robé algo. Matthias no se inmutó. Se limitó a sostenerle la mirada, dando un paso lento hacia ella hasta quedar a pocos centímetros. —Asegúrate de traerlo, Davinna. O la búsqueda será bastante más desagradable. Ella bufó con incredulidad, dando un paso atrás para esquivar la presión de su presencia, y salió de la habitación sin añadir una sola palabra. Pensó que aquel hombre estaba demente; que probablemente había perdido su preciado anillo en cualquier otro lado y ahora intentaba culparla para manipularla. Cuando se fue, Matthias chasqueó los dedos en dirección al sofá. Sicario, que yacía acurrucado sobre uno de los cojines, levantó las orejas al instante y dio un salto ágil hacia el suelo. —Sicario —dijo Matthias, bajando la voz al tono de mando que reservaba para las tareas más delicadas—. Síguela. Que no te vea. Y tráeme mi anillo. El capuchino ladeó la cabeza, inclinándose hacia adelante mientras arrugaba la nariz con una mueca que denotaba que había entendido la instrucción. A un lado de la puerta, Francesco contuvo un suspiro y dio un paso al frente, ajustándose los anteojos con evidente desconcierto. —Señor... ¿de verdad va a enviar al mono a recuperar su anillo? Matthias observó a su consigliere sin el más mínimo rastro de duda en la cara. —Confío más en Sicario que en la mayoría de mis hombres, Francesco. Él no comete errores. El pequeño capuchino no perdió el tiempo. Se descolgó con agilidad por el balcón y siguió el trayecto de la camioneta moviéndose entre los tejados del centro de Sicilia. ... Cuando Davinna bajó del vehículo e ingresó a su edificio, Sicario ya esperaba en la cornisa superior. Esperó pacientemente a que ella abriera la puerta de su apartamento, vaciara los cajones de la cómoda buscando en vano la joya y, finalmente, fuera a encerrarse en el baño para tomar una ducha y quitarse la tensión del día. Apenas se escuchó el ruido del agua corriendo tras la puerta de madera, el mono se deslizó por la rendija del balcón. Avanzó sobre sus cuatro patas en silencio, explorando el lugar. Movió unas tazas en la barra de la cocina, abrió un par de cajones vacíos y terminó sobre la mesa del comedor, donde descansaba el bolso de piel de Davinna. Sicario metió sus pequeñas manos con rapidez, revolviendo entre las llaves, el labial y la billetera hasta que sus dedos chocaron contra el pesado aro de oro. Lo sacó, admiró el destello metálico un segundo y lo guardó con cuidado dentro del bolsillo interior de su chaleco de cuero. Antes de emprender el regreso, el capuchino saltó hasta el mueble junto a la cama. Hurgó con curiosidad entre las prendas y sacó unas bragas de encaje rojo. Con la misma naturalidad con la que había tomado el anillo, las dobló torpemente y las embutió también en su chaleco antes de salir por donde había entrado. Cuando Davinna salió del baño enrollada en una toalla, volvió a revisar meticulosamente el suelo del dormitorio, debajo de la cama y hasta las bolsas de la ropa usada. La joya no estaba por ningún lado. Se dejó caer sobre el colchón, apretando las sienes con frustración. Matthias era un paranoico, quizá todo formaba parte de un juego para desestabilizarla mentalmente. Se vistió y dirigió a la pastelería. —¡Davinna! ¡Por Dios, me tenías muerta de miedo! —exclamó Chiara, tomándola por las manos mientras la examinaba de arriba abajo—. Te llamé cincuenta veces. ¡llegué a pensar que te habían secuestrado! Davinna se quedó completamente callada durante varios segundos; eso era exactamente lo que había ocurrido. Sin embargo, sabía que si intentaba explicarle que esperaba un hijo de un capo italiano, Chiara pensaría que se había vuelto completamente loca. —Tuve una emergencia y se me apagó el celular. Discúlpame por asustarte. Mientras amasaba la harina y preparaba los pedidos, la mente de Davinna funcionó a mil por hora. El pensamiento de escapar de Sicilia se le cruzó por la cabeza. Podía tomar un tren a primera hora, cambiar su nombre y perderse en algún pueblo remoto de la península. Pero no tenía ahorros suficientes. Para abrir esa pastelería había vendido hasta la última joya que le compró su padre; todo su patrimonio estaba invertido en las paredes de ese pequeño negocio. Ahora llevaba una vida creciendo en su vientre, un bebé al que tendría que alimentar, vestir y educar. Huir sin dinero, y siendo perseguida por un mafioso solo significaría condenar a su hijo a la miseria y al peligro constante. No tenía opción. Debía quedarse, trabajar duro y resistir hasta donde sus fuerzas se lo permitieran. ... Mientras tanto, en la oficina de Matthias la puerta del balcón se abrió con un leve chasquido. Sicario entró y subió al escritorio de madera frente a su dueño. Matthias levantó la vista de la laptop y extendió la mano. El mono metió los dedos en su chaleco, extrajo el pesado anillo de oro de los Angelini y lo depositó sobre la palma del mafioso. Matthias acarició la cabeza del animal con lentitud, deslizando la joya de nuevo en su dedo medio, complacido por el resultado. Sin embargo, al notar que el capuchino seguía erguido con el pecho inflado y una mueca de evidente orgullo, Matthias alzó una ceja. —¿Trajiste algo más? Sicario asintió con enérgicos movimientos de cabeza. Matthias extendió de nuevo la mano, esperando ver alguna otra pertenencia u objeto personal. El mono buscó dentro del chaleco, sacó las bragas de encaje rojo de Davinna y las dejó caer con total descaro en la mano abierta de su dueño. Matthias se limitó a elevar una ceja de nuevo, sosteniendo la prenda íntima por el encaje durante unos segundos. Observó la tela con absoluta naturalidad, y la guardó en el cajón superior de su escritorio. Francesco soltó un carraspeo incómodo. —Llevala a la mansión de inmediato. Francesco contuvo un gesto de duda. —Señor... ¿ha pensado que quizás a la señora Devora no va a gustarle esto en absoluto? Matthias ni siquiera se molestó en mirarlo mientras caminaba hacia la salida. —A Devora no tiene que gustarle. Lleva a Davinna a la mansión. Ahora. Al caer la tarde, la camioneta de los Angelini recogió a Davinna a la salida del negocio. Cuando el vehículo cruzó los portones de hierro de la residencia Angelini, Davinna miró por la ventana con atención. En lugar de intimidarse por las dimensiones de la arquitectura o las fuentes de mármol, sus ojos mostraban una curiosidad genuina. Francesco le abrió la puerta del automóvil y la guió hacia el vestíbulo principal. Varios empleados con uniforme se aproximaron de inmediato para tomar las dos maletas pequeñas que ella había preparado. —Suban el equipaje de la señorita Allen a una de las habitaciones principales —ordenó Francesco con voz firme. —¿A una de las habitaciones principales? —resonó una voz femenina. Una mujer joven y bella descendía con lentitud, sujetándose de la barandilla de madera. Tenía el cabello rubio sobre los hombros, vestía un elegante vestido de seda y sus ojos claros recorrían la figura de Davinna con una mezcla de curiosidad y un atisbo de molestia. Se detuvo a pocos escalones del suelo, cruzando los brazos sobre el abdomen mientras clavaba la mirada en el consigliere. —¿Quién es ella, Francesco? —preguntó, alzando el mentón. Francesco carraspeó suavemente. —Es la señorita Davinna Allen. El señor ordenó que se instale en una de las habitaciones principales. La rubia frunció el ceño, como si las palabras del consejero fueran una broma de pésimo gusto. Davinna, desorientada por la actitud dominante de la mujer, dio un paso al frente. —¿Quién eres tú? —preguntó con el ceño fruncido. La rubia descendió el último escalón, y dibujó una leve sonrisa. —Soy la señora Angelini.






