Mundo ficciónIniciar sesiónDavinna abrió los ojos despacio, sintiendo la boca seca y una pesadez horrible en las sienes. La luz que entraba por el ventanal la obligó a parpadear varias veces hasta que el techo alto comenzó a cobrar forma. Estaba acostada en una cama enorme, envuelta en sábanas suaves. La última imagen que tenía en la cabeza era la de un tipo elegante afuera de su pastelería, y el aroma dulce que la dejó inconsciente.
Intentó incorporarse de golpe, apoyando las manos sobre el colchón, pero un pequeño movimiento a su lado la congeló por completo. Sentado sobre una cómoda de madera oscura, el pequeño mono capuchino vestido con un chaleco de cuero negro la observaba fijamente. El animal ladeó la cabeza, dio un pequeño brinco hacia la orilla del mueble y se acercó a ella con curiosidad, estirando una patita. Davinna soltó un grito fuerte que retumbó en las paredes al ver al mono acercarse. Sicario, gritó también, dando un salto hacia atrás en el aire, su chillido fue agudo y el grito de Davinna mas fuerte. El capuchino terminó escondiéndose detrás de una lámpara, enseñando los dientes y mirándola como si la loca fuera ella. —Sicario, deja de asustar a nuestra invitada. La voz grave resonó desde el otro extremo de la habitación. Davinna giró la cabeza hacia el origen del sonido, sintiendo cómo el corazón le latía demasiado rápido. Sentado en un sillón junto a la ventana, con las piernas cruzadas y unos documentos entre las manos, estaba Matthias. Vestía una camisa negra con las mangas hasta los codos y la observaba con una calma exasperante, como si tener a una mujer secuestrada en su dormitorio fuera la cosa más normal del mundo. Davinna sintió un vuelco salvaje en el estómago al reconocer la mandíbula marcada, los ojos oscuros y la estructura imponente del hombre con el que se había acostado hacía más de un mes. El pavor la dominó por completo. Lanzó las cobijas a un lado e intentó saltar de la cama para correr hacia la puerta, pero él ni siquiera se inmutó. —El médico dijo que debes evitar movimientos bruscos. Davinna se quedó inmóvil a mitad de la cama, con un pie casi tocando el suelo. Las palabras de Matthias le helaron la sangre. Miró hacia la ventana; el cielo estaba completamente claro y el sol iluminaba la habitación, lo que significaba que había pasado la noche entera inconsciente en ese lugar. Se apretó el abrigo contra el pecho, sintiendo una mezcla de rabia y confusión que la hacía temblar. —¿Quién demonios eres? —exigió saber, frunciendo el ceño con indignación. Matthias dejó los papeles sobre la mesa de noche, se tomó su tiempo para acomodarse y la miró con una frialdad absoluta. —Creo que es obvio. Matthias Angelini. El padre de tu hijo. Davinna abrió los ojos de par en par, sintiendo que el aire se le atascaba en la garganta. ¿Cómo carajos sabía del bebé? Si apenas hace una semana el doctor se lo había confirmado. La cabeza le daba vueltas a una velocidad aterradora, incapaz de armar las piezas de ese rompecabezas. —¿De qué bebé hablas? —soltó de inmediato, intentando poner su mejor cara de póker, aunque la voz le tembló imperceptiblemente. Matthias dibujó una sonrisa ladina, carente de cualquier tipo de calidez. A su lado, Sicario aprovechó la calma para bajar de la lámpara, trepar ágilmente por el respaldo del sillón y acomodarse en el hombro de su dueño, imitando el gesto y mostrando una especie de mueca con los dientes. Davinna observó al mono sobre el hombro del hombre y apretó los dientes, sintiendo una frustración enorme. —¿Vas a negar que estás esperando un hijo mío? —preguntó Matthias, inclinándose un poco hacia adelante, fijando sus ojos oscuros en ella. Davinna comprendió en ese instante que no había marcha atrás. Realmente lo sabía. Joder, estaba atrapada en una habitación desconocida con un tipo loco y esperaba un hijo de ese loco. —¿Y cómo sabes que es tuyo? —desafió ella, colocando sus pies en el suelo para no sentirse tan vulnerable. La ligera sonrisa de Matthias desapareció de golpe. Su mirada se volvió dura, pesada. —No juegues con mi paciencia, Davinna —dijo con un tono rasposo—. ¿Acaso tuviste sexo con otro en este tiempo? ¿Y ese otro se vino dentro de ti cinco veces? El rostro de Davinna se encendió en un segundo. Un calor abrasador le subió por el cuello hasta las orejas. —¡Ay, Dios! —exclamó cubriéndose la cara por un instante antes de volver a mirarlo con furia—. ¿Te viniste dentro de mí cinco veces? ¿No conoces los condones? —Intenté usarlos —respondió él sin despeinarse, manteniendo la calma que a ella la desquiciaba—, pero suplicaste que lo hiciera así. Te veías tan ansiosa por sentirme que llegué a pensar que eras una enferma sexual. Davinna sintió que la vergüenza la consumía viva. Recordaba borrosamente esa noche, el alcohol, el dolor de la traición de Valentino y la urgencia con la que se aferró al cuerpo de ese desconocido para borrarlo todo. Las mejillas le ardían como si estuvieran en llamas. —Bien... podemos resolver esto como adultos —dijo ella apresuradamente, dando un paso atrás sobre la alfombra, buscando mantener la distancia entre ambos. Matthias se puso de pie. Su figura alta y robusta pareció llenar todo el espacio alrededor de la cama. Al sentir el movimiento brusco de su dueño, Sicario saltó de su hombro y corrió a refugiarse sobre el respaldo del sofá. Davinna le daba miedo con sus gritos. Matthias dio un par de pasos hacia ella, deteniéndose a una distancia tan corta, suficiente para hacerla sentir acorralada. —No hay nada que resolver —sentenció él—. Te revisará mi médico en un par de horas y después vivirás en mi casa para evitar que hagas algo tan estúpido como querer abortar a mi hijo. —¡Yo no iba a abortarlo! —gritó Davinna, con el pecho agitado. —Lo pensaste —acusó él—. Y eso es suficiente. —¡Que lo haya pensado no significa que fuera a hacerlo! ¡No voy a hacerlo! —respondió encarándolo, apretando los puños a los costados—. Además esto es una locura. No fue más que un polvo de una noche. Si quieres hacerte cargo del bebé cuando nazca no me voy a negar, estás en tu derecho, pero no pienses que me voy a casar contigo. Matthias elevó una ceja. —¿Quién habló de una boda? —soltó con una risa corta—. Fuiste un buen polvo, lo reconozco Davinna, pero no estoy buscando una esposa. Sin embargo, sí necesito a mi heredero. Las mejillas de Davinna se tornaron rojas, avergonzada de haberlo mencionado. Se sintió ridícula por haber pensado, aunque fuera por un segundo, que ese hombre estaba insinuando algo parecido al matrimonio. Aun así, la idea de quedarse encerrada bajo su techo le parecía completamente inaceptable. —Me da igual lo que busques. No voy a vivir contigo bajo ningún término —aseguró con firmeza, levantando el mentón. —No te estoy pidiendo permiso —repuso Matthias, dando un paso más, lo suficientemente cerca para que ella pudiera oler su colonia fina mezclada con un toque de tabaco—. Llevas a un Angelini en tu interior y, desde ahora, tu vida ya no te pertenece. La mano grande de Matthias acarició con lentitud su vientre aún plano. Davinna lo miró con odio, sintiendo una impotencia atroz apretándole la garganta. —Te dejaré ir hoy después de que te revise el médico, únicamente para que recojas tus cosas y traigas mi anillo —continuó él, cruzando los brazos sobre el pecho—. Y no intentes escapar, Davinna. Porque te aseguro que me encargaré de encontrarte, y la próxima vez no seré tan paciente.






