En el altar, bajo el sol que atravesaba el pabellón de cristal, Julián no estaba tenso; estaba radiante. Mientras esperaba a Mía, le guiñó un ojo a un par de invitadas de la primera fila (viejas conocidas de sus noches de soltero) solo para dejarles claro que el "rey de la fiesta" acababa de encontrar a su reina definitiva.
Cuando Mía llegó al altar, Julián no pudo evitar soltar un silbido de admiración, rompiendo todo el protocolo suizo ante la mirada divertida de Damián.
—Mía, cariño —dijo Ju