El regreso a la oficina fue una lección magistral de contención. Leo y Valeria se movían por el penthouse corporativo como dos extraños perfectamente coordinados. Valeria había puesto en práctica su nueva actitud: la profesionalidad era una armadura, y sus respuestas eran concisas y estrictamente funcionales.
Cuando ella le entregó la agenda del día, Leo la miró a los ojos, buscando un rastro de la mujer de la noche anterior, pero solo encontró a la asistente inexpugnable.
"Necesito el reporte de fusiones antes del almuerzo, Sra. Soto. Y envíe un recordatorio a la junta para el jueves", ordenó Leo.
"Será enviado, Sr. Ferrer", respondió ella, con tono cortante y distante.
Leo sintió una punzada de frustración. Ella había aceptado el pacto, pero estaba castigándolo por haberlo propuesto, usando sus propias reglas en su contra.
El primer obstáculo apareció a media mañana. Marcus Ruiz, el jefe del equipo legal de fusiones, un hombre afable y guapo, se acercó al escritorio de Valeria.
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