CAPÍTULO 260. Lealtades que duelen.
Capítulo 260
Lealtades que duelen.
Teresa notó el cambio en Saira antes de que lo dijera cualquier gesto. No fue una ausencia, fue una rigidez que se instaló en su voz, en la forma en que apoyaba las manos sobre la camilla. La guardia seguía entrando con frecuencia, pero ya no había dudas en su paso; todo estaba más medido, como si alguien la hubiera entrenado a moverse justo donde conviene.
—¿Te sucede algo? —preguntó Teresa en voz baja, sin ánimo de acusar—. Es que te noto un poco tensa.
Saira apartó la mirada. No contestó con honestidad.
—No —dijo—. Estoy cumpliendo mi guardia. Como siempre.
Esa palabra llevó peso. Teresa no dijo nada más, ni pidió más explicaciones. Lo último que necesitaba era una defensa fácil o un gesto de culpa que no fuera accionable. Había aprendido a valorar los silencios útiles.
Durante los días siguientes, Teresa empezó a dosificar su propia fragilidad. Si antes mostraba el agotamiento como quien no tiene más defensa, ahora lo dosificaba. Dormía cuando de