El rugido de las armas automáticas del cártel se volvió ensordecedor. Las balas masticaban los paneles de yeso a escasos centímetros de mi cabeza, bañando mis hombros desnudos con yeso afilado. El espeso y tóxico humo negro me quemaba los pulmones con cada respiración entrecortada. El fuego del pasillo se extendía con una velocidad aterradora, convirtiendo el caro papel pintado en tiras de ceniza rizadas.
Alejandro levantó su pesada pistola. Apuntó directamente a la enorme ventana del suelo al