Llevé mis manos a mi rostro; cuando miré que Aleksander se había atrevido a hacer tal cosa, fue que le dejé ir una cachetada que no evitó en absoluto.
—¡¿Cómo se te ocurre golpearme?! —le grité y lo tomé de la camisa para sacudirlo con fuerza. —¿Acaso no entiendes que tengo las manos llenas de sangre y debo limpiarlas?
—Quiero que me mires —él me tomó de los hombros—. Si dices que tienes las manos llenas de sangre, ¿Por qué es que no se mira nada en mi rostro y en mi ropa?
Cuando miré a Aleksander, él tenía toda la razón. Se encontraba totalmente limpio y también su ropa; las lágrimas se agolparon en mis ojos y cayeron en total silencio.
—Ahora quiero que mires tus manos —su tono estaba lleno de cariño—. Por favor, hazlo, quiero que veas que la sangre de Antonia no se encuentra ahí, es la tuya que está llena por completo. Así que deja de decir cosas que no vienen al caso.
Al mirar mis manos, estas se encontraban lesionadas. Al parecer, las cosas que había visto eran producto de mi ima