Llevé mis manos a mi rostro; cuando miré que Aleksander se había atrevido a hacer tal cosa, fue que le dejé ir una cachetada que no evitó en absoluto.
—¡¿Cómo se te ocurre golpearme?! —le grité y lo tomé de la camisa para sacudirlo con fuerza. —¿Acaso no entiendes que tengo las manos llenas de sangre y debo limpiarlas?
—Quiero que me mires —él me tomó de los hombros—. Si dices que tienes las manos llenas de sangre, ¿Por qué es que no se mira nada en mi rostro y en mi ropa?
Cuando miré a Aleksan