Cuando Analía miró a mi tío, ella sonrió con la inocencia de una niña que desconoce de la maldad de algunas personas. Intentó acercarse a él, pero mis reflejos fueron más rápidos y tomé a Analía del brazo para colocarla detrás de mí.
—Analía, amor mío —me puse de cuclillas dándole la espalda a mi tío—, quiero que en este momento te vayas donde tus hermanas y no salgas de ahí, por favor, hazme caso.
Analía no dudó ni un solo momento en irse; ni siquiera saludó a mi tío y simplemente se fue corrie