34: A su defensa
Cuando Analía miró a mi tío, ella sonrió con la inocencia de una niña que desconoce de la maldad de algunas personas. Intentó acercarse a él, pero mis reflejos fueron más rápidos y tomé a Analía del brazo para colocarla detrás de mí.

—Analía, amor mío —me puse de cuclillas dándole la espalda a mi tío—, quiero que en este momento te vayas donde tus hermanas y no salgas de ahí, por favor, hazme caso.

Analía no dudó ni un solo momento en irse; ni siquiera saludó a mi tío y simplemente se fue corriendo hacia donde las gemelas.

—Tío —me di la vuelta y lo miré con cierta indiferencia—, no sabía que ibas a venir a la casa de mi suegro; espero que tu estancia no sea muy larga.

—Sobrina, qué manera más cruda de hablarle a tu tío; después de tantos años de no vernos, se supone que tienes que estar feliz de que te vine a encontrar aquí.

—No malentiendas mis palabras, tío —comencé a bajar las escaleras—, es solo que no quiero que se te haga de noche; además de eso, tal como tú lo dijiste, pues ha
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