Capítulo 80

El tiempo en un hospital no se mide por horas, sino por los pitidos de los monitores y el ritmo de nuestra propia angustia. Pasé horas en ese limbo, sentada en una silla de metal que parecía succionar el resto de mis fuerzas. Mis ojos ardían tanto que cada parpadeo se sentía como arena cortando mis párpados, y mi garganta estaba tan seca que articular cualquier palabra para mi madre exigía un esfuerzo monumental. Estaba acabada. Miré mi reflejo

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