PUNTO CIEGO

[KAEL]

—Hay alguien afuera observándola.

Amara no gira hacia la ventana, lo cual agradezco. Se queda quieta, con una mano alrededor de la copa, mirándome como si todavía intentara decidir si estoy exagerando. Luca tiene menos paciencia y empieza a volverse, así que le sujeto el hombro antes de que consiga localizar al hombre al otro lado del cristal.

—No mire.

Baja los ojos hacia mi mano.

—Quítamela.

Lo hago inmediatamente.

—Si está observándonos, no necesitamos que sepa que ya lo vimos.

—¿Está armado? —pregunta Amara.

—No lo sé.

—¿Es el hombre de la otra noche?

Hay un cambio mínimo en su voz al hacer la pregunta. Llevo suficientes años observando a personas que intentan esconder el miedo como para reconocerlo, aunque ella consiga mantener el rostro sereno.

—¿Podría identificarlo?

—No le vi bien la cara.

Asiento y vuelvo a comprobar discretamente el exterior. El hombre continúa al otro lado de la calle. Lo vi por primera vez hace unos quince minutos, apoyado cerca de un automóvil mientras fingía prestar atención a su teléfono. Al principio no encontré nada extraño. Miami Beach está llena de personas esperando autos, amigos, mesas o cualquier otra cosa. Después el automóvil se marchó y él se quedó exactamente donde estaba, mirando cada vez con más frecuencia hacia el restaurante.

Puede no significar nada, pero después de lo ocurrido anoche no pienso averiguarlo con Amara sentada frente a una pared de cristal.

—Nos vamos.

Ella mira alrededor de la mesa.

—No voy a levantarme y salir corriendo delante de todo el mundo.

—No tiene que correr.

—Kael, hay dieciocho personas aquí.

—Y ninguna recibió tres disparos anoche.

Sus labios se aprietan y me arrepiento de la frase casi inmediatamente.

—Eso fue innecesario.

—Sí.

Mi respuesta parece sorprenderla.

—¿Y ya?

—¿Quiere que además mienta y diga que no volveré a hacerlo?

—Podrías intentarlo.

—No se me da especialmente bien.

Eso casi consigue una sonrisa, aunque Amara la contiene. Luca interviene antes de que la discusión continúe.

—¿Qué hacemos?

—Nos vamos por detrás.

—¿Por la cocina? —pregunta ella.

—El hombre está delante.

—Eso sí podía deducirlo.

Incluso asustada necesita tener la última palabra. No sé si se trata de valentía o de una forma de impedir que el miedo tome demasiado espacio, pero empiezo a sospechar que con Amara ambas cosas están relacionadas.

—Entonces estamos avanzando.

—Empiezo a entender por qué Mercer te contrató. Los dos son igual de insoportables.

—Luego puede presentar una queja.

—Lo haré.

Me levanto y le ofrezco la mano. Ella la observa como si acabara de insultarla.

—Puedo levantarme sola.

—Nunca lo dudé.

Por supuesto, no la acepta.

Amara toma su bolso y se despide rápidamente de las personas más cercanas diciendo que está cansada. Después de lo ocurrido anoche nadie cuestiona que quiera marcharse temprano, y eso nos permite abandonar la mesa sin convertir nuestra salida en un espectáculo.

Camino detrás de ella y Luca mientras atravesamos el restaurante. Al llegar al corredor que conduce hacia la cocina, Amara reduce el paso hasta quedar a mi lado.

—¿Sigue ahí?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes si desde aquí no puedes verlo?

—Porque lo comprobé antes de acercarme a usted.

—Ah.

La miro.

—¿Qué significa eso?

—Nada. Estoy descubriendo que quizá sabes hacer tu trabajo.

—Gracias por el voto de confianza.

—No te emociones.

Sonrío a pesar de mí mismo. La mujer casi muere anoche y aun así encuentra energía para provocarme. Empiezo a entender que el sarcasmo es una de sus formas de recuperar el control, especialmente cuando algo la asusta.

El gerente intenta detenernos cuando atravesamos la cocina.

—Señorita Bellori, ¿ocurre algo?

Amara le dedica una sonrisa tan natural que nadie podría imaginar por qué estamos saliendo por la parte trasera.

—Todo bien, Marco. Solo necesitamos usar esta salida.

—Por supuesto. ¿Quiere que alguien los acompañe?

—No es necesario. Gracias.

Continúa caminando y espero hasta que nos alejamos para hablar.

—¿Siempre hace eso?

—¿Qué cosa?

—Conseguir que todo parezca normal aunque no lo sea.

Parte de su sonrisa desaparece.

—¿Preferirías que entrara en pánico?

—No.

—Entonces sí. Siempre hago eso.

Hay más detrás de la respuesta, pero no es el momento de buscarlo.

Llegamos a la salida y me detengo junto a la puerta. El vehículo está a poca distancia y no veo nada extraño desde aquí, aunque el ángulo no me permite observar toda la calle.

Luca se coloca junto a Amara.

—¿Y ahora?

—Ahora sale usted.

—Ella viene conmigo.

—Después.

Su expresión se endurece.

—No voy a dejarla aquí.

—Está conmigo.

—Precisamente.

Lo miro.

Luca sostiene mis ojos y entiendo perfectamente el problema. No es estúpido ni cobarde. Tampoco es un novio decorativo que vaya a quedarse callado mientras un desconocido aparece de la nada y empieza a decidir cómo se mueve la mujer con la que lleva cuatro años. Si estuviera en su posición, probablemente reaccionaría igual.

Eso no significa que vaya a cambiar de opinión.

—Si hay alguien esperando afuera, prefiero que Amara no sea la primera persona que cruce esa puerta.

Luca mira hacia ella.

—Ve —le dice Amara.

—No me gusta.

—A mí tampoco, pero aparentemente hoy todos hacemos cosas que no nos gustan.

Me mira al decirlo.

Abro la puerta y Luca cruza hasta el vehículo. Espero unos segundos, observando el callejón y las calles que alcanzan a verse desde aquí. Una camioneta pasa al fondo, dos personas caminan por la acera y nada más llama mi atención.

Me vuelvo hacia Amara.

—Vamos.

Ella se acerca a la puerta.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperaba?

—No sé. Parecías muy dramático hace un minuto.

—Todavía podemos volver a la mesa.

—Ni loca.

—Entonces salga.

—Qué carácter.

Cruza la puerta y camino junto a ella, manteniéndome del lado más expuesto sin convertirlo en algo evidente. Estamos a mitad de camino cuando un automóvil negro dobla la esquina demasiado rápido.

No tengo tiempo para distinguir quién conduce. Agarro a Amara por la cintura y la llevo contra la pared mientras me coloco delante de ella.

—¡Kael!

—Quieta.

El automóvil reduce la velocidad y durante un par de segundos el reflejo de los faros sobre el parabrisas me impide ver a sus ocupantes. Siento las manos de Amara contra mi espalda y espero hasta que el vehículo pasa junto a nosotros.

Una pareja mayor.

Suelto el aire y relajo el cuerpo.

—Está bien.

Cuando me giro hacia ella comprendo que todavía tengo una mano alrededor de su cintura. Amara está atrapada entre la pared y mi cuerpo, con las manos apoyadas sobre mi espalda y apenas unos centímetros separándonos.

—¿Era necesario? —pregunta.

Su voz ha cambiado.

—Sí.

—Kael, tenían como setenta años.

—Ahora lo sé.

—Casi me rompes una costilla.

—No fue para tanto.

—Me estampaste contra una pared.

—La alternativa era dejarte en medio del callejón hasta comprobar quién venía.

—Podrías haberme avisado.

—No había tiempo.

—Siempre tienes una respuesta.

—Casi siempre.

Esta vez sonríe, pero la sonrisa desaparece lentamente cuando ninguno de los dos se mueve.

Soy demasiado consciente de mi mano en su cintura, de sus dedos contra mi espalda y del perfume que lleva desde esta noche. Su respiración todavía está acelerada por el susto y puedo sentirla contra mi cuello. Debería apartarme en cuanto confirmo que no existe peligro, pero por alguna razón permanezco donde estoy.

Entonces Amara baja los ojos hacia mi boca. La reacción es inmediata.

No debería estar pensando en besarla. Ni siquiera debería estar registrando la forma de sus labios cuando Luca acaba de besarla delante de mí hace menos de dos horas. Sin embargo, desde que apareció esta tarde en aquella sala con sus ojos verdes puestos sobre mí, una parte de mi cabeza parece empeñada en ignorar todas las razones por las que acercarme a ella sería una pésima idea.

Y tengo razones de sobra. Amara tiene pareja, es la hija del hombre al que llevo siete años investigando y no conoce prácticamente nada verdadero sobre mí. He entrado en su casa con un apellido falso y un propósito que podría destruir a su familia.

Aun así, cuando sus ojos regresan a los míos tengo la certeza incómoda de que, si no me aparto, ella tampoco lo hará.

Retiro la mano de su cintura.

—Tenemos que irnos.

Amara tarda apenas un instante en reaccionar.

—Sí.

Camina hacia el vehículo y la sigo intentando ignorar el calor que todavía siento en la palma de la mano.

Esto no estaba en el plan.

[…]

Luca lleva varios minutos haciendo preguntas cuando entramos nuevamente en Miami.

—¿Viste la matrícula?

—No.

—¿Pero tienes una fotografía del hombre?

—Sí.

Amara se inclina hacia delante desde el asiento trasero.

—¿Puedo verla?

—Cuando lleguemos.

—¿Por qué no ahora?

—Porque estoy conduciendo.

—Puedo tomar tu teléfono.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es mi teléfono.

—Eso suena sospechoso.

La miro brevemente por el retrovisor.

—¿Suele revisar teléfonos ajenos?

—Solo cuando sus dueños se comportan de forma misteriosa.

—Entonces el mío podría mantenerla ocupada durante bastante tiempo.

La frase sale antes de que piense en cómo puede sonar. Amara permanece mirándome desde el espejo.

—¿Hay algo que deba saber, Brenner?

—Muchas cosas. Ninguna está en mi teléfono.

Es una mentira tan sencilla que casi me molesta.

En ese teléfono tengo información sobre Dante, Bianca, Alessandro y la propia Amara. Tengo fotografías, documentos y años de una investigación que jamás debería llegar a sus manos. Sobre todo, tengo un apellido que no puede relacionar conmigo.

Kessler.

—Quiero ver la foto cuando lleguemos —dice finalmente.

—Está bien.

Se recuesta y Luca toma su mano. Veo sus dedos entrelazarse a través del espejo antes de obligarme a mirar nuevamente la carretera.

No tengo ningún derecho a sentirme incómodo al verlos juntos. Luca estaba en su vida mucho antes de que yo cruzara la verja de los Bellori. Cuatro años, según todo lo que investigué: vacaciones, cenas familiares, viajes y una relación suficientemente seria como para que esta noche alguien les preguntara cuándo iban a casarse.

Yo soy el desconocido. El hombre que no debería estar aquí.

Y, sin embargo, no consigo olvidar la forma en que Amara miró mi boca en aquel callejón.

[…]

Llegamos a Cocoplum poco después de las diez. Luca permanece unos minutos junto al automóvil hablando con Amara y me alejo lo suficiente para concederles privacidad sin perderla de vista. Él le acaricia la cara antes de besarla.

Esta vez aparto la mirada, no porque sea lo correcto, sino porque empiezo a entender que verla besando a otro hombre me molesta más de lo que debería. Eso tampoco estaba en el plan.

Entro en la casa y espero cerca del vestíbulo hasta escuchar la puerta. Amara aparece unos minutos después.

—La fotografía.

—Buenas noches para usted también.

Extiende la mano.

—Kael.

Saco el teléfono, abro la imagen y bloqueo cualquier posibilidad de salir de ella antes de entregárselo.

Amara la observa durante varios segundos.

—No es él.

—¿Está segura?

—No completamente. Pero creo que el hombre de anoche era más joven.

Me devuelve el teléfono.

—Entonces puede que tengamos dos hombres distintos.

—O uno intentó matarme y el otro simplemente estaba esperando a alguien frente a un restaurante.

—También.

—Pero no lo crees.

—No.

Su expresión pierde parte del desafío.

—Yo tampoco.

Caminamos hacia su ala y, por primera vez desde que llegué, no protesta porque la acompañe. Tampoco intenta llenar el silencio con alguna provocación. Cuando alcanzamos su puerta, coloca la mano sobre el lector y espera a que se abra.

—¿Crees que volverá?

Podría decirle que no. Probablemente es lo que cualquier persona querría escuchar después de sobrevivir a un atentado, pero tranquilizarla con algo que no puedo garantizar no va a protegerla.

—No puedo saberlo.

Amara asiente lentamente.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no decirme lo que crees que quiero escuchar.

—No serviría de nada.

—Díselo a mi familia.

Hay algo detrás de esa frase, aunque no tengo tiempo de preguntarlo porque la puerta se abre.

—Buenas noches, Brenner.

—Buenas noches.

Da un paso hacia dentro antes de volver a mirarme.

—Kael.

—¿Sí?

—La próxima vez que tengas que salvarme de una pareja de ancianos, intenta no romperme una costilla.

Sonrío.

—Lo intentaré.

—Eso ya es progreso.

La puerta se cierra y permanezco frente a ella un instante antes de recordar el mensaje que llevo horas posponiendo.

Saco el teléfono mientras camino hacia mi habitación. Uno de mis antiguos contactos consiguió revisar parte de la información del edificio de Brickell y quiere hablar conmigo sobre las cámaras de seguridad. No me explicó más por mensaje, y después de esta noche tengo todavía menos ganas de ignorarlo.

Marco su número.

He pasado siete años intentando encontrar una manera de entrar en el mundo de Dante Bellori y, en menos de veinticuatro horas, alguien me ha entregado exactamente lo que necesitaba: acceso a su casa, a su familia y a una posición desde la que puedo observarlo sin despertar demasiadas preguntas. Todo porque alguien intentó matar a Amara. Hasta esta noche lo había considerado una oportunidad.

Mientras espero que respondan al otro lado de la línea, empiezo a preguntarme si debería considerarlo una coincidencia.

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