A pesar de que Owen tenía perfectamente claro de mi parte que no podía hacer nada contra nadie y que tampoco tenía el derecho de molestarme por que se lo pedí de diferentes maneras y millones de veces, aun así se sintió con todo el derecho de iniciar una guerra de comida en la cual todos íbamos a terminar perdiendo, por el simple hecho de que en lo absoluto podía decirle a esos chicos de la mesa de enfrente que no había sido Carlos quien les lanzó las papas fritas si no un fantasma, o peor aún,