Punto de vista de Antonio
La lluvia comenzó a caer a cántaros, empapándonos a Leila y a mí en un instante. El cabello de Leila, mojado y enredado, se agitaba alrededor de su rostro mientras sus manos seguían presionando sus sienes. El aire estaba vivo con energía eléctrica.
—¡Leila, concéntrate! —grité, intentando devolver su atención hacia mí—. ¡Debes centrarte!
Los ojos de Leila se encontraron con los míos, llenos de desesperación.
—¡No puedo! ¡Es demasiado!
Podía ver el miedo y la desesperación en los ojos de Leila, la lluvia calándola hasta los huesos. Los vientos rugían a nuestro alrededor y el trueno retumbaba sobre nuestras cabezas, la tormenta ganando intensidad con cada segundo que pasaba.
—¡Leila, escúchame! —grité, extendiendo la mano para agarrar su brazo—. Debes encontrar la quietud dentro de ti. ¡Tienes que controlar esto!
Leila asintió, cerrando los ojos con fuerza.
—¡Lo estoy intentando, Antonio, te lo prometo!
La lluvia se intensificó mientras la tormenta rugía a nues