Caminé apresurada hasta llegar al despacho de mi padre. No era raro que estuviese allí y sabía que con él tendría una conversación más seria que con mi madre. Golpeé varias veces la puerta hasta que escuché una respuesta afirmativa.
—Hola, papá —saludé entrando al despacho.
—Hola, cielo —sonrió levemente—. ¿Necesitas algo?
—Sí. —Tomé asiento frente a él—. Tengo algunas dudas que necesito esclarecer.
—Claro, cuéntame.
—Hace 16 años, cuando fui secuestrada, ¿qué pasó realmente?
—¿Y es