—No puedo dejarte sola ni un maldito minuto. —Ciro golpeó su frente, frustrado.
—Fue un accidente —dije encogiéndome de hombros.
—¿Desde cuándo al suicidio le cambiaron el nombre? —se cruzó de brazos.
—Me sentía muy sola —confesé cabizbaja—. Además, ya no hay vuelta atrás.
Miré las enormes puertas que se alzaban frente a mí. Eran de un material parecido al mármol, pero estaba segura de que no había nada igual. En medio de una gran oscuridad, solo ellas se alzaban, impenetrables e impone