El trayecto de regreso a la ciudad fue un borrón de luces distorsionadas y asfalto húmedo. Virginia no encendió la radio; el silencio del vehículo se sentía como una extensión de su propio estado mental: tenso, afilado, quirúrgico. Aferraba el volante con tanta fuerza que sus nudillos destacaban como pequeñas crestas blancas bajo la luz intermitente de las farolas. Cada kilómetro que la alejaba de la mansión De La O era una vuelta de tuerca en su interior. Ya no era la madre que sufría en sile