En la sala del tribunal, Fernando se hundía en su asiento, despojado por completo de la arrogancia que solía definirlo.
Permaneció en silencio, con la mirada perdida, hasta que el mecánico y su esposa se presentaron. Solo entonces, un destello de pánico puro quebró la impasibilidad de sus ojos.
—Su Señoría, fue este hombre quien me buscó para que yo cargara con la culpa de esa mujer.
—Ella vino a mi taller, supuestamente para una revisión, y me preguntó cómo podía hacer para que los frenos de su