41
La arena se metía por todas partes. En las botas de cuero de Kaleb y en el cuello de su túnica de lino, incluso en el pelo de su nariz dejándole un sabor áspero en la boca. A Kaleb no le importaba. Llevaba veinte años en la Guardia del Faraón y conocía el desierto como la palma de su mano. Lo había cruzado más veces de las que podía contar y siempre con la misma carga tediosa: alimentos, herramientas, telas. El convoy avanzaba lento como un gusano de carga reptando sobre el ocre interminable