Capitulo 133

En una estancia sombría en los niveles inferiores del palacio el aire en la pequeña cámara de interrogatorios era frío y denso. No había ventanas, solo una única lámpara de aceite sobre una mesa de madera tosca. En el centro, una silla de madera. Atada a ella, con las muñecas y los tobillos ceñidos por tiras de cuero, Kamilah se encogía. Su rostro estaba descompuesto, cubierto de sudor y lágrimas. El terror la había despojado de su disfraz.

Frente a ella, Serket se sentó en un taburete. No había guardias, no había armas, solo la escriba del Templo de Isis. En la penumbra de un rincón, una figura alta y silenciosa se mantenía inmóvil, una sombra imponente, un recordatorio constante de la autoridad del Faraón. Nefertari, observando el interrogatorio en silencio.

—La verdad, doncella —comenzó Serket—. La verdad es como el desierto mismo: implacable. Y te encontrará. Lo sabes. Tus gritos en el mercado… las tablillas… no hay dónde esconderse.

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