—¿Qué tal el día, Abbey? —La voz dulce y armoniosa de la asistente de su novio la recibió al entrar en la casa.
Abbey sintió una punzada de irritación al verla sentada junto a Evan, con una taza de té en la mano y una sonrisa angelical en los labios. Era como si fuera la dueña del lugar, y no una intrusa impuesta por el tío de Evan.
Que infierno.
Evan, por su parte, estaba absorto en la lectura de un libro, ajeno al malestar de su prometida. O al menos eso parecía.
—Ya llegué—Abbey anunció, com