Capitulo 8

—Eso... eso no prueba nada —balbuceó Seung-hyun, intentando no parecer intimidado frente a su propio detective—. Un chofer de poca monta no tiene los recursos para sostener la vida de un ejecutivo. Mañana mismo la fiscalía revisará tus cuentas bancarias, "Nikolai". Vamos a ver cuántos miles de wones tienes en el banco antes de declarar que eres el sostén legal de la presidenta.

—Revisa lo que quieras, muchacho —dicha voz resonó desde el pasillo.

La abuela Park apareció en el umbral, acompañada por dos abogados de la sede central y sosteniendo su bastón con fuerza.

—Pero si sigues molestando a mi nieta a esta hora de la noche, Seung-hyun, mañana a primera hora convocaré a los medios de comunicación y mostraré los videos de las cámaras de seguridad del Sector B antes de que casualmente se "apagaran" —sentenció la matriarca con una mirada helada—. Ahora, fuera de mi casa antes de que haga que la seguridad privada los saque a patadas.

Seung-hyun miró a la abuela, luego a Chae-yeong y finalmente a Nikolai, cuyos ojos fríos prometían una paliza si daba un solo paso en falso.

—Nos vemos en la asamblea de accionistas del viernes —escupió Seung-hyun, dándose la vuelta y saliendo a toda prisa de la habitación junto a su investigador.

Cuando los pasos de los intrusos se perdieron en las escaleras y la puerta principal se cerró con un golpe seco, la tensión en la habitación finalmente se disipó.

La abuela Park soltó una risita burlona.

—Buen trabajo con lo de las cobijas, mijo. Esa excusa de la caballerosidad con las costillas fisuradas te salió de película —dijo la anciana, guiñándole un ojo a Nikolai—. Ya ven por qué les puse la ropa en el armario esta tarde. Conozco a la hiena de mi sobrino mejor que nadie.

—Señora Park... dijo que revisarían mis cuentas bancarias —dijo Nikolai, sobándose las sienes con preocupación real.

Ese era el verdadero peligro. Si la fiscalía o los auditores de Seung-hyun metían las manos en el sistema financiero bajo el nombre de "Nikolai Petrov", encontrarían dos opciones catastróficas: o descubrían que sus cuentas de chofer eran fachadas creadas por el consorcio Kang, o al rastrear los fondos de garantía verían transferencias millonarias provenientes de las firmas matriz del socio mayoritario. Cualquiera de los dos escenarios destruía su anonimato.

—No te preocupes por eso, mijo —respondió la abuela con ligereza—. Mis abogados bloquearán cualquier orden de auditoría personal durante al menos tres semanas argumentando privacidad cónyugal. Tienes tiempo.

—Tres semanas es demasiado tiempo —intervino Chae-yeong, mirando a Nikolai con seriedad—. Nikolai, no podemos seguir a la defensiva esperando a que Seung-hyun ataque. Dijiste que la Zona B del puerto era donde te encontraste conmigo. Mañana por la noche hay un embarque especial de la flota nocturna. Si Seung-hyun está haciendo negocios ilegales para financiar a sus aliados en la junta, el manifiesto de carga de ese barco es la prueba que necesito para destruirlo.

Nikolai la miró fijamente. Ese embarque especial del que hablaba Chae-yeong era, en realidad, un cargamento de alta prioridad de su propia empresa, coordinado por su gente de confianza bajo su identidad de magnate.

«Esta chica quiere asaltar mi propio barco para buscar pruebas contra su primo», pensó Nikolai con una mezcla de incredulidad y fascinación.

—Ese barco tiene la seguridad más estricta del puerto de Busan —dijo Nikolai, probándola—. No vas a poder entrar con ese brazo en cabestrillo, y los guardias de las terminales nocturnas no responden a la Corporación Yoon. Responden directamente al socio mayoritario.

Chae-yeong alzó la barbilla con terquedad.

—Entonces me vas a ayudar a entrar. Tú conoces las rutas de los camiones y los puntos ciegos de las garitas. Eres mi esposo, ¿no? Es hora de que trabajemos juntos.

Nikolai miró a la chica, luego a la abuela que sonreía con satisfacción en la puerta, y finalmente suspiró. El socio mayoritario iba a tener que infiltrarse en su propio barco para ayudar a su esposa falsa a investigar un crimen que amenazaba a su propia corporación.

—Está bien —dijo Nikolai, cruzándose de brazos—. Mañana a la medianoche nos colamos en el puerto. Pero si nos atrapan... diré que fue idea tuya.

A la noche siguiente, la niebla sobre el muelle de la Zona B era tan espesa que los faroles de sodio apenas proyectaban un halo amarillo y fantasmal sobre el asfalto mojado. El olor a combustible quemado y agua estancada flotaba en el aire mientras las grúas de pórtico movían contenedores en un ritmo mecánico y ensordecedor.

El todoterreno de Nikolai avanzó a baja velocidad hasta apagar las luces a unos doscientos metros del perímetro de la terminal nocturna.

En el asiento del copiloto, Chae-yeong vestía una chaqueta negra ancha que cubría con disimulo el cabestrillo de su brazo lesionado. Llevaba una linterna táctica pequeña en el bolsillo y los labios apretados en una línea rígida.

—Escúchame bien —dijo Nikolai, girándose hacia ella con voz grave mientras ajustaba los espejos del vehículo—. La terminal de la flota nocturna no se rige por las normas habituales del puerto. Aquí los guardias no son empleados de seguridad privada contratados por la Corporación Yoon. Son personal de alta seguridad de la firma Kang, del socio mayoritario. Si nos ven merodeando donde no debemos, no van a pedir una identificación; van a llamar a la policía del puerto o nos van a retener en la garita.

Chae-yeong lo miró fijamente, sorprendida por la precisión de sus datos.

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