Capitulo 4

—Mijo, hasta aquí llega la actuación de choque —dijo la anciana, ajustándose la solapa de su hanbok—. Adentro no necesitas hablar. Los contadores y abogados de esa pandilla de buitres intentarán marear a mi nieta con tecnicismos legales sobre la sucesión. Tú solo quédate de pie detrás de ella. Mira a todos con esa cara de pocos amigos que pones y deja que la gente saque sus propias conclusiones.

Nikolai, que aún intentaba asimilar el desastre diplomático en el que se había metido, se cruzó de brazos.

—Señora Park, esto ha ido demasiado lejos —susurró Nikolai, bajando el tono para que solo ellas dos lo escucharan—. Firmé un documento bajo coacción táctica... o mejor dicho, bajo una ráfaga de cháchara sin sentido. Este matrimonio no es legítimo en la práctica.

—Técnicamente tiene el sello dorado del Registro Civil de Busan, mijo. Es más legítimo que las promesas de un político —respondió la abuela con una sonrisa angelical, guiñándole un ojo—. Además, ¿vas a dejar que esa arpía y sus hijos le roben a la hija de mi muchacho muerto? Mírala. Apuesto a que tu orgullo no te deja dar un paso atrás ahora.

Nikolai miró de reojo a Chae-yeong. La joven estaba pálida, apretando el bastón con la única mano que tenía libre, pero sus labios estaban apretados en una línea de pura determinación. A pesar de los golpes y la traición, no había ni una sola lágrima en sus ojos.

Esa terquedad en los ojos de Chae-yeong tocó una fibra sensible en Nikolai. Le recordaba a sí mismo cuando tuvo que pelear con dientes y uñas para tomar el control de las terminales marítimas en sus primeros años.

—Solo un cuarto de hora —rezongó Nikolai, ajustándose el cuello de la chaqueta de cuero—. Si en quince minutos esto no se resuelve, me voy a mi camión.

Las puertas se abrieron de golpe.

El murmullo en la sala de juntas cesó al instante. Todos los ejecutivos sentados alrededor de la mesa ovalada de mármol giraron la cabeza.

En la cabecera de la mesa, la madre de Seung-hyun —Kang Hye-rin— sostenía una copa de agua con elegancia fingida. A su lado, Seung-hyun se sobaba disimuladamente el hombro, con la cara todavía desencajada por el altercado del vestíbulo.

—Chae-yeong... qué sorpresa verte de pie —dijo Hye-rin con una voz endulzada que chorreaba veneno—. Pensábamos que estarías descansando. El médico de la familia nos informó que sufriste un "desafortunado accidente" en las dependencias del puerto. Estábamos a punto de votar tu remoción temporal por incapacidad médica.

—El acta de la junta no se puede cerrar sin mi presencia, tía —respondió Chae-yeong, avanzando a paso lento pero firme hacia la silla vacía que pertenecía a la presidencia—. Y sobre mi incapacidad... las leyes comerciales del país son bastante claras. Un director ejecutivo no puede ser removido por motivos de salud si cuenta con un cónyuge mayor de edad con plenas facultades legales que respalde su gestión y asuma la cotitularidad temporal.

Hye-rin soltó una risita seca y burlona.

—¿Cónyuge? Por favor, querida. Seung-hyun nos contó el ridículo espectáculo de abajo. Trajiste a un chofer de gandolas, a un mecánico cualquiera de los muelles para montar un circo. Un matrimonio no se inventa en cinco minutos para salvar un puesto.

La abuela Park dio dos golpes secos con su bastón contra el suelo de mármol, haciendo saltar a más de un ejecutivo en sus asientos.

—¡Abogada Choi, entregue las copias! —ordenó la matriarca.

La abogada personal de la abuela avanzó con paso firme y distribuyó folios con el sello oficial del Registro Civil frente a los directivos principales. Hye-rin tomó el papel con asco, pero a medida que sus ojos recorrieron los datos, la sonrisa de burla se borró por completo de su rostro.

—Esto... esto no es posible —balbuceó Seung-hyun, mirando el sello dorado del documento—. ¡El certificado se emitió hace dos días! ¿Cómo demonios te casaste con un chofer en secreto?

—Lo que haga mi nieta con su vida privada no es asunto de unos malnacidos que solo saben gastarse el dinero de la terminal —sentenció la abuela Park, sentándose en una de las sillas laterales con la calma de una reina en su trono.

Nikolai dio un paso al frente y se colocó justo detrás de la silla de Chae-yeong. Su estatura masiva y la sombra que proyectaba sobre la mesa hicieron que dos de los asesores legales de la familia materna recogieran sus carpetas en acto de reflejo. Manteniendo el rostro impasible, Nikolai apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla de Chae-yeong, cerrando cualquier ángulo de ataque físico o verbal contra ella.

—El documento es legal —declaró la abogada Choi—. Por tanto, cualquier intento de remover a Yoon Chae-yeong de la presidencia sin una auditoría completa de seis meses requiere la firma conjunta de su esposo. ¿Desean presentar alguna objeción legal formal ante el tribunal de comercio de Busan?

Hye-rin apretó el papel con tanta fuerza que arrugó el borde. Miró a Nikolai de arriba abajo, buscando desesperadamente una grieta, un rastro de duda, pero solo encontró la mirada helada de un hombre que parecía capaz de romper una mesa de mármol a la mitad.

—Esto no se va a quedar así —masulló Hye-rin, poniéndose de pie de golpe—. Se levanta la sesión. Pero les advierto... vamos a investigar hasta el último centavo de este "chofer de camioneta". Si encontramos una sola irregularidad en sus antecedentes, los voy a hundir a los tres en la cárcel.

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