Sin otra mirada a su rostro manchado de lágrimas, se fue, queriendo interceptarme antes de que partiera.
En ese momento, solo se odiaba por ser tan apresurado, por no escuchar más cuidadosamente cuando obtuvo la poción. Cada segundo que pasaba se sentía como otro clavo en su ataúd.
Mientras tanto, me senté en el auto dirigiéndome al aeropuerto, observando el paisaje por la ventana. El paisaje pasaba en un borrón de verde y marrón, desconocido pero de alguna manera consolador.
Además del conducto