Mientras tanto, Sofía seguía resistiéndose, pero Lucius la mantenía firmemente sujeta.
— Quédate quieta, zorra asquerosa — graznó —. Mientras más te rehúses, menos compasión te tendrán,
— ¡No me hables de compasión! No necesito tu lástima — respondió ella, su mirada llena de rabia —. He perdido todo lo que amaba. No me importa lo que me hagan. ¡Ya no tengo nada que perder!
Lucius soltó una carcajada.
— No pierdes algo que nunca has tenido; pero si hablas de tus padres, tranquila, ellos tambien