El cielo estaba gris, cubierto por nubes que amenazaban con una lluvia lenta y persistente. El viento sacudía las copas de los árboles, haciendo crujir las ramas más altas como susurros rotos entre hojas secas. A lo lejos, un trueno apagado retumbó con pereza, como si la tormenta también estuviera cansada de llorar.
Dentro de la casa Cisneros, un silencio espeso se apoderaba de cada rincón, apenas roto por el lejano tic-tac del reloj de pared, que marcaba con precisión cruel el paso del tiempo,