Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio no se rompió de inmediato.
Adrián la observó, fijo, y intenso como siempre, queriendo aparentar
Como si cada palabra que ella acababa de decir... no fuera más que un detalle menor.
—¿Por qué te comportas asi? —pregunto Elena seria.
—Porque puedo —respondió finalmente. Simple, frio, sin disculpa.
Elena sintió el golpe de esas dos palabras más fuerte que cualquier otra cosa.
—No —negó, dando un paso atrás—. No puedes.
Pero él avanzó uno, acortando la distancia.
—Firmaste el momento en que dijiste "acepto". Ahora falta el papel, porque esto no queda en palabras.
—Y no olvides... bajo qué condiciones estas.
Elena apretó los puños.
—No confundas las cosas —replicó, intentando sostenerse—. Acepté casarme contigo, no pertenecerte.
Un destello cruzó por los ojos de Adrián, algo que no prometía nada bueno, pero no exploto, no esta vez, En lugar de eso... sonrió.
—Perfecto —murmuró—. Entonces pongámoslo por escrito.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué?
Adrián chasqueó los dedos.
Dos hombres aparecieron casi de inmediato, como si estuvieran entrenados y escondidos tras los árboles.
Uno de ellos llevaba un portafolio negro, Elegante, e Impecable.
—Contrato —ordenó Adrián, extendiendo la mano.
El documento fue colocado frente a él en segundos.
Luego... lo giró hacia ella.
—Léelo.
Elena dudó, Pero lo tomó, sus dedos temblaban ligeramente, sus ojos comenzaron a recorrer cada línea., cada cláusula, cada palabra. Y mientras avanzaba... Su expresión cambió.
—Esto es una locura... —susurró.
Adrián no respondió.
Solo la observó.
Esperando.
—"Matrimonio legal por un periodo inicial de un año..." —leyó en voz baja—.
—"A cambio de la limpieza total de la imagen pública de la señorita Elena..."
Su respiración se volvió más pesada.
—"Protección mediática, reposicionamiento social, y compensación económica..."
Levantó la mirada de golpe.
—¿Me estás comprando?
—No —respondió él sin dudar—. Te estoy salvando.
Elena soltó una risa amarga.
—¿Así llamas a esto?
Levantó el contrato.
—¿Encerrarme en un matrimonio contigo?
Adrián se acercó, lento y seguro.
—Llámalo como quieras —murmuró—. Pero allá afuera... —señaló vagamente, hacia el mundo que la había destruido— ya estás condenada.
Elena sintió un nudo en la garganta.
—Yo puedo borrar eso —continuó él—. Puedo hacer que todos esos titulares desaparezcan.
Se inclinó apenas hacia ella.
—Puedo convertirte en lo que ellos ahora respetan.
Sus ojos bajaron un segundo.
—Mi esposa.
El silencio volvió.
Pero esta vez... pesaba distinto.
—¿Y qué pasa si me niego? —preguntó ella, apenas en un susurro.
Adrián no dudó.
—Te hundes. —dice directo y sin adornos —Sola —logro terminar la frase.
El golpe fue directo a los pulmones de Elena, era real, cruel y dudoso.
Elena bajó la mirada al contrato otra vez.
Sus manos lo apretaron con más fuerza.
—"Cláusulas de convivencia..." —leyó, su voz apenas audible—
—"Respeto mutuo..."
—"No contacto físico sin consentimiento explícito..."
Se detuvo.
Lo miró.
—¿Esto lo escribiste tú?
Adrián ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Te sorprende?
—Sí —respondió ella sin suavizarlo.
Él no se ofendió.
—No soy estúpido —dijo—. Sé que si te rompo... no me sirves.
Elena sintió rabia.
—No soy un objeto.
—No —replicó él—. Eres una inversión.
El golpe fue inmediato.
Pero esta vez... Ella no retrocedió. lo miró directo.
—Entonces escucha bien, Adrián —dijo, su voz firme a pesar del temblor interno—. Si voy a firmar esto... no va a ser porque me dominaste.
Se acercó un paso.
—Va a ser porque decidí sobrevivir.
Algo en los ojos de él cambió otra vez. Y es el interés puro.
—Eso suena mejor —murmuró.
Elena tragó saliva.
Miró el contrato una última vez.
El peso de todo... cayendo sobre sus hombros.
Su reputación, su nombre, su vida, O lo que quedaba de ella.
Tomó el lapicero sus dedos dudaron, solo un segundo.
—Esto no es un matrimonio —susurró, y firmó.
—Es un trato con el diablo.
El contrato ya estaba firmado. Adrián tomó el contrato, lo observó. satisfecho.
—Bienvenida... —dijo, levantando la mirada hacia ella.
Sus ojos oscuros se clavaron en los suyos.
—A tu nueva vida, Elena.
Y en ese instante... Ella lo entendió. Esto no era el final, Era apenas el comienzo.
De algo mucho más peligroso. Este primer mes viviendo con él seria bajo sus reglas.
Los días pasaron, lentos... pero implacables.
Y Elena cambió, no por elección, por necesidad.
Durante un mes entero, cada mirada, cada paso, cada palabra... fue calculada, aprendió a mantenerse a raya a no temblar frente a él a sostenerle la mirada... incluso cuando por dentro todo se sentía confuso, ya que Adrián tomaba actitudes raras, a veces no era fingido, el la buscaba a ella.
Y ahora... Solo faltaban siete días.
La boutique más exclusiva de la ciudad estaba en completo silencio.
Lujo absoluto. Espejos altos. Telas imposibles. Diseños que parecían irreales.
Ahí estaba ella, de pie, frente al reflejo, midiéndose su vestido.
El vestido, Blanco. Impecable. Perfecto. Y puro como ella.
El vestido con el que alguna vez soñó... pero no así, no en estas condiciones, no con ese hombre.
Sus dedos rozaron la tela con cuidado, como si temiera romper la ilusión.
—Te ves hermosa —dijo una de las asistentes, en voz baja.
Pero Elena no respondió.
Porque no se sentía hermosa, Se sentía... atrapada, aun así, respiró hondo, y levantó el mentón.
Tenía un guion en la mano.
Las palabras que diría el día de la boda, perfectas, medidas, ensayadas, porque si algo había aprendido...Era a sobrevivir, pero algo no encajaba, su mirada bajó levemente. ¿Por qué Adrián hacia promesas que jamás se cumplirían?
Su corazón dio un golpe incómodo.
Y justo en ese momento— Vibración de su celular.
Un mensaje, de Adrián.
Sus dedos dudaron un segundo antes de abrirlo.
"Sube a la segunda planta.
Puerta roja, número 45.
Vamos a practicar el beso, tenemos que ensayarlo bien."
El aire se le quedó atorado, solo faltaban siete días, Siete, y nunca ensayaron el beso en la mansión secreta ¿Por qué ahora sí? Hacerlo en un llegar descocido.
Cerró los ojos un segundo, y luego... Se quitó el velo.
El pasillo del segundo piso estaba en silencio.
Las paredes elegantes. las puertas cerradas. Todo... inquietante, la puerta roja, Número 45.
Ahí estaba. Elena se detuvo frente a ella.
Su mano dudó. Pero aun así...Giró la perilla, y entró, la habitación estaba vacía. Completamente, ni rastro de Adrián. Ni nadie, el silencio era raro incómodo.
—¿Adrián? —llamó, con cautela.
Nada.
Frunció el ceño.
Sacó su celular.
Listo para escribirle— Y entonces—
Una mano. Brusca, se cerró alrededor de su cintura.
—¡Ah—!
No tuvo tiempo de reaccionar.
Su cuerpo fue jalado hacia atrás.
Y en un segundo— La tiraron sobre la cama.
El aire se le escapó.
Un peso sobre ella, Inmovilizándola, frío, metálico, un arma, justo contra su pecho.
Su respiración se cortó.
Sus ojos se abrieron, completamente.
Y lo vio.
Ese hombre, desconocido, pero no del todo. Sus ojos...Intensos, demasiado coquetos, y intensos como si se la comiera o escaneara con la mirada, como si la saborearan jamás había pasado eso, ningún hombre la había visto de esa forma,
Observándola como si la conociera, como si la estuviera estudiando, sin prisa, sin miedo.
El arma se deslizó lentamente por su cuerpo, de una forma tan perfecta, movimientos exactos. Desde su pecho... bajando apenas, sin disparar, sin tocarla realmente.
Pero lo suficiente para hacerle entender el poder que tenía sobre ella.
Elena no se movió.
Su mente gritaba auxilio.
Su cuerpo... no respondía.
—Ni un sonido —murmuró él.
Su voz baja, pero controlada.
El arma volvió a detenerse sobre su pecho.
—Te matare —dijo con tanto impacto que Elena pensó que moriría.
—No me mates, hare lo que tu me digas —le dice la voz de elena temblando.
—shhhh, Quítate el vestido de novia ahora, date prisa — dijo el hombre con imponencia.
—Ah —dice Elena asustada.
—Apúrate, es el vestido o tu vida ¿Qué prefieres? —Pregunto mirándola a los ojos mientras apuntaba el arma contra su pecho.







