Nunca dejes de amarme, Andreina...
El inexpresivo hombre no cambió en su rostro ninguna expresión, él seguía serio, sin apartar la mirada fría de su atrevida mujer.
Pero las orejas se le pusieron rojas, él estaba algo tímido, la próxima vez lo pensaría mejor antes de animar a su esposa a hacerle preguntas.
Alejandro, se aclaró la garganta, había dicho que respondería lo que fuera con honestidad brutal, pero ahora no quería hacerlo.
— Olvídalo, no tienes que responder, vamos adentro a cenar, Rogelio ya nos está esperando