Declarame la guerra y verás de lo que soy capaz.
Más tarde esa noche, cuando el CEO terminó unos pendientes en el despacho, subió las escaleras hasta el que había sido su dormitorio hasta que la mujer pelirroja llegó.
Al CEO no le gustaba llamarla su esposa, solo lo hacía delante de los sirvientes para que el respeto no se perdiera, y porque nadie tenía que enterarse de sus asuntos personales.
La puerta se abrió, La directora que todavía estaba despierta vió llegar a su marido.
— Vaya, por fin te dignas a venir a verme.
— ¿Y tú ya